De Guayaquil a Cuenca, nuestro próximo destino, el viaje no dejó de sorprendernos con sus atractivos naturales; un camino de montaña, sinuoso, de curvas, rectas y contra curvas, y mucha vegetación que, de repente, en un abrir y cerrar de ojos, se esfumaba entre las nubes… ¡Sí! ¡Literalmente! Es que la ruta atravesaba zonas de mucha condensación de humedad en los denominados “Bosques Nublados“. Según nos contaron nuestros guías durante el trayecto, hay sólo 32 de éstos ecosistemas en todo el mundo y, entre ellos, 26 están en Ecuador.
Y después del recorrido, Cuenca nos recibió con sus puertas abiertas de par a par para mostrarnos ese “no se qué”, ese encanto, que la hace única, y que percibimos en sus casas bajas de techos de tejas, con amplios corredores llenos de plantas y flores que invaden la vida familiar, y en sus calles antiguas, adoquinadas, llenas de historia y de reminiscencias a un pasado colonial, en sus museos, en sus numerosas iglesias, entre las que se destaca la Catedral de la Inmaculada Concepción, una de la más grandes y hermosas de América, y en cada uno de sus rincones, que han servido de estímulos para el florecimiento del arte poético y del pensamiento profundo de más de uno de sus habitantes.
Dentro de la ciudad de Cuenca se pueden encontrar vestigios de las milenarias civilizaciones Guapondelig Cañari y de la Tomebamba incásica, en el parque Arqueológico de Pumapungo, ubicado en la Avenida Huayna Capac y Calle Larga. Allí se aprecian los tipos de construcción, elementos utilizados como el estilo de diseño urbanístico de estas culturas.
Fuente: Teleaire.com

