El Estado Inca, siguió una política de corte imperialista, que comenzó desde muy temprano a generar cambios en las redes viales de los Andes Centrales y del Sur. Su intervención, fundamentalmente, se basó en el ensanchamiento de los caminos y en la construcción de puentes. También, en la asignación de responsabilidades sobre el cuidado y mantenimiento de las vías, a las comunidades que vivían cerca. Se levantaron gigantescos complejos de almacenamiento y otros de tipo defensivo, en los puntos más estratégicos de estos caminos. Se desplazaron poblaciones enteras desde otros lugares (mitmakunas), a fin de emplearlas como fuerzas de trabajo, lo cual determinó la construcción de nuevas vías, antes inexistentes o de valor relativo sólo para los pueblos que vivían en esas comarcas.

La enorme obra construida por los Incas, no únicamente en el campo de las redes viales, sino en los ámbitos sociales, económicos, culturales y religiosos, sólo se perciben con una relativa fuerza en los valles interandinos y en la Cordillera Occidental del austro, y se hacen menos visibles en las provincias centrales y del norte serrano.

En el Litoral ecuatoriano, la presencia de los Incas, sólo se percibe en las incursiones en alianza con las comunidades de la zona de tipo comercial, y en la posesión de algunos puertos como Tumbes o La Puná, que fueron indispensable para el tráfico estatizado marítimo de conchas, como la Spondylus y la Strombus, entre otras.

Lo anterior, explica así la existencia de infraestructura Inca en toda la costa ecuatoriana, condición que nos permite afirmar que, los caminos establecidos en las rutas Manteño – Huancavilca y Milagro – Quevedo nunca fueron intervenidos, y que vestigios que se conservan hasta hoy, permanecieron a la larga tradición de pueblos, etnias y naciones, que allí se gestaron y evolucionaron.

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